MI NOCHE DE SAN VALENTIN

  Vestida de rojo sandía salí decidida a celebrar mi noche de San Valentín.  Arturito me recogió justo en mi portal, por lo cual mis taconazos de diseño no sufrieron  ni por la lluvia que estaba cayendo, ni por el barro de la calle (un amor).
  Lo había conocido en la página de Meetic.com y después de largas charlas nocturnas nos conocimos en la Filmoteca de la calle Santa Isabel, y haciendo manitas como una teenager me tragué “Los últimos días de Pompeya” en versión original.  El momento en que la lava candente bajaba por la ladera y se zampaba las casitas de cartón piedra, lo aprovechó para zamparme un beso en los morros que me dejó traspuesta. A partir de ese día quedábamos a menudo en mi casa o en la suya, pero fue esa noche del 14 de febrero la que me confirmó el límite de mi mala hostia.

  Y es que no hay nada más imperdonable para mí que la sibilina mentira. Así que cuando después de cenar  sacó la tarjeta para pagar y se le cayó sobre el mantel una foto paradisiaca en la que aparecía abrazado a un maromo cuatro por cuatro, no tuve que decir nada. Su rostro se puso rojo, me explicó que era bisexual pero que también le gustaban las chicas especiales como yo (¡¡¡desgraciado!!!).
  Pasaron semanas hasta que me decidí a quedar con Arturito de nuevo, pero como se puso muy pesado acepté. Mientras  tomábamos café  me pedía y me insistía que volviéramos, que me quería y esto y lo otro y lo de más allá. Su monólogo desesperado (…angelito…) acabó cuando entró en escena mi amiga Silvia y sin saludar, me dio un besazo  de los que no se dan las amigas, ya sabéis…
  Por supuesto la cara de Arturito era tan absurda como su sexo, pero lo mejor fue cuando cordialmente le dije:
-Arturito, te presento a mi novia: Silvia.
  Y es que las cosas de la querencia, queridos seguidores, ya se sabe …besos!!!


Picara Winehouse
Drag Queen para animación de celebraciones originales
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